EL PARQUE DE BOMBEROS
Cuento erótico
A sus 35 años, Leonor había desarrollado una brillante carrera como directora de Marketing en una empresa nacional. Las oficinas estaban en el entorno de la Vaguada, y solía aparcar su coche en la calle Monforte de Lemos, unas veces más abajo, otras más arriba, dependiendo de su hora de llegada, pero casi siempre pasado el parque de bomberos situado en aquella calle. Cuando salía por la tarde de vuelta a casa, le costaba recordar a qué altura lo había dejado, por lo que iba escudriñando la larga fila de coches aparcados hasta encontrar el suyo. No le gustaba pasar delante del portón de los bomberos, siempre estaba abierto, apenas había trasiego de camiones pero nunca faltaba un grupo de tres o cuatro bomberos sentados a su puerta, seguramente de guardia, entretenidos viendo pasar la gente. Nunca le dijeron nada, jamás captó una mirada robada, y sin embargo, se sentía incómodamente observada.
Aquel día Leonor había participado en una recepción para grandes cuentas, vestía traje de chaqueta con cinturón ancho y falda corta, rematado con zapatos negros de tacón de aguja. El conjunto resaltaba su altura y esbeltez, destacando sus piernas de cigüeña bien contorneadas por el ejercicio. Al pasar frente al parque de bomberos escuchó, ya a sus espaldas, una exclamación a modo de suspiro “¡Qué piernas!”. Aquello no parecía un piropo, ni siquiera un cumplido, sino la confesión de alguien a quien el asombro había traicionado poniendo voz donde no habría querido. Las palabras resonaron en su cabeza haciéndole un nudo en el estómago, desde donde subió calor hasta quemarle las mejillas. La turbación y los nervios que se desataron hicieron que diera un mal paso, se le torciera el tobillo y perdiera el equilibrio, que intentó recuperar abrazando una farola de esas que llevan incorporada una papelera del ayuntamiento de Madrid.
La joven había quedado tal que alcayata aferrada a la farola, culo en pompa, una pierna tiesa y la otra doblada sin apenas apoyar el pie en el suelo.
- ¿Estás bien?
Uno de los bomberos estaba siendo testigo en primera fila de su humillante situación.
- ¿Te puedes mover?
No podría decir si era por el fuerte dolor del tobillo o el sentimiento de ridículo que le invadía, pero no, no se podía mover, ni hablar, tenía inmóviles incluso las pestañas.
- Déjame a mí.
Sin ni siquiera haber recibido su consentimiento, aquel muchacho vestido de azul y gruesas botas negras la cogió en brazos cual si fueran a cruzar el umbral nupcial, dirigiéndose hacia el temido portón. ¡Ya no serían cuatro sus observadores de ese día, sino el parque de bomberos al completo! Con todo el cuerpo en tensión, apretó la cara contra el torso de su salvador cerrando con fuerza los ojos como si el no ver le ayudara a no estar allí. Sintió su olor, la fuerza con la que la agarraba, el movimiento de sus pasos que la mecía sin pretenderlo. ¡Con aquella falda tan corta se le debían estar viendo las bragas! Se retorció en un intento de movimiento púdico que la aprisionó aún más contra él. Ahora sentía el latido de su corazón en el vientre. ¿O era un grito desesperado de su vientre para que él abriera su corazón? Dos lágrimas asomaron al notar que había humedad en su zona prohibida. ¡Era su sexo el que estaba latiendo! Sentía una dureza rozándola con el vaivén de los pasos de aquel improvisado viaje hacia no sabía dónde. Su cerebro recibió una orden silenciosa que relajó la tensión de su cuerpo, convirtiendo a su salvador en anhelado amante. Siguió mojándose mientras se abría más y más, esperando que aquel miembro al otro lado de la tela azul rompiera fronteras y la salvara de su verdadero cautiverio. Sus pezones luchaban a través de la blusa de seda, restregándose contra la abotonadura del uniforme. Se había encorvado inconscientemente buscando tacto, y ahora era ella la que rozaba en un grito mudo de excitación ¡Dios, que no se acabe nunca este viaje!
Madrid, 19 de mayo de 2015
No hay comentarios:
Publicar un comentario